El 29 de septiembre de 1976, Luis Alberto Spinetta llevó a un colectivero argentino al espacio. No necesitó gran cosa: una nave construida en Haedo, un mate, una foto de Gardel, un banderín de River Plate, una estampita, unos malvones. Elementos inesperados para una historia de ciencia ficción.

Ese día se lanzó *El jardín de los presentes*, tercer y último disco de Invisible, que comenzaba con *El anillo del Capitán Beto*. Esta canción atípica narra la odisea de un colectivero que abandona la Tierra y pasa quince años en el espacio, solo para descubrir una soledad aún más profunda. Una canción urbanita, con los pies clavados en la ciudad y la mirada puesta en el cosmos, en una aparente contradicción.
Spinetta no buscaba explorar qué encontraríamos fuera de la Tierra, sino **qué objetos absurdamente terrestres nos acompañarían**. Gardel, River, los malvones, una madre, un café.
La ciencia ficción ya había explorado mucho más. En 2001, Stanley Kubrick transformó el espacio en una catedral tecnológica: computadoras, silencio, evolución humana e infinito. David Bowie, inspirado por esa película, creó *Space Oddity*: la historia del Mayor Tom perdido en el cosmos, separado de la Tierra. Sin embargo, **Spinetta hizo algo distinto, rarísimo: aportó un toque plenamente porteño al universo**.
Invisible, cuyo nombre evocaba cierto aislamiento, combinó guitarras eléctricas con bandoneón y creó una soledad espacial y bien porteña, como si Discépolo pudiera escribir desde una cápsula en órbita. Como si Haedo, el barrio donde se construyó la nave, quedara esta vez bastante cerca de Marte.
### Una odisea argentina
De odiseas se trata. En 2026, Christopher Nolan trasladó al cine la más antigua de todas: la de Ulises, que cruza mares, enfrenta monstruos y desafía el tiempo para regresar a Ítaca. Nolan ha dicho que en *Interstellar* y en la trilogía de Batman se perciben influencias homéricas. No es casual, pues esas películas relatan el viaje de un hombre que atraviesa espacio y tiempo para descubrir que el destino final de la travesía es algo muy doméstico: volver a casa.
El Capitán Beto protagonizó una historia similar medio siglo antes y con mucho menor presupuesto. Contaba con un objeto mágico, un anillo capaz de protegerlo de los peligros del cosmos. Pero la falla del anillo era demasiado humana: no podía evitar la tristeza.
El propio nombre del personaje arrastró su propia mitología. Durante décadas se creyó que Beto era Norberto Alonso, ídolo de River Plate para quien Spinetta sentía admiración. La canción incluye un banderín del club, y Alonso fue el número 10 de ese equipo, lo que hacía la teoría demasiado atractiva para no ser cierta. Sin embargo, no lo era.
Machi Rufino, bajista de Invisible, contó en 2020 que fue él quien sugirió «Beto» al buscar un nombre para el personaje, inspirado en un amigo y vecino de la infancia que murió joven en un accidente en una pileta. Además, **Beto tenía la ventaja de sonar como un nombre argentino común**. Spinetta, aunque admirador de Alonso, afirmó que la canción no estaba dedicada a él.
Quizás sea mejor así. Un colectivero cualquiera resulta mucho más extraño y poderoso que un héroe legendario.
En la actualidad, las naves regresan del espacio, existen los viajes privados fuera de la atmósfera, robots exploran Marte y se proyectan misiones cada vez más largas. Imágenes que en 1976 parecían ciencia ficción hoy llegan en videos verticales a un teléfono.
Bowie dejó flotando al Mayor Tom en el cosmos. Ulises tardó diez años en volver a Ítaca. Spinetta envió a un colectivero en una nave fabricada en Haedo y lo mandó durante quince años hacia ninguna parte.
Después le dio todo el universo.
Y logró que extrañara Buenos Aires.
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