La deuda soberana argentina atraviesa su peor momento del año. El riesgo país que mide JP Morgan supera los 700 puntos básicos, acumula una suba cercana al 18% en 2026 y marcó recientemente máximos que no se veían desde fines de 2025.

El Global 2035, bono de referencia en Nueva York, pasó de rendir cerca del 9,8% a comienzos de año a más del 11,4%. En la plaza local, los Bonares cotizan con rendimientos de entre 12% y 14% contra el dólar cable, niveles que suelen asociarse a países en situación de estrés.
La paradoja es que los números fiscales no muestran un país en crisis: la deuda neta del Tesoro ronda el 35% del PBI, el superávit primario se sostiene desde hace más de un año y los sectores energético y minero empezaron a generar divisas en volumen.
La explicación tiene dos capas. La primera es global: los rendimientos del Tesoro estadounidense a diez años superan el 5%, cerca de los máximos desde 2007. Cuando sube la tasa libre de riesgo, la deuda emergente se ajusta a la baja y la Argentina, por su mayor sensibilidad, paga doble. En las últimas semanas esa tasa empezó a ceder levemente, lo que explica un incipiente rebote local.
La segunda es local. Faltan 12 meses para las elecciones presidenciales de octubre de 2027 y el mercado ya empezó a descontar escenarios. La atención está puesta en quién afrontará los vencimientos de 2028 a 2031, cuando el Tesoro deberá refinanciar o pagar entre US$18.000 y US$28.000 millones por año. La pregunta detrás de cada cotización es si habrá continuidad o cambio de reglas.
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